En lo personal siento una enorme fascinación y un gran amor por los bebés y los niños. Cuando se da el caso, realmente me duele el abandono, el abuso y la indiferencia de los adultos hacia ellos, y la imposibilidad que las criaturas tienen de hacer algo al respecto. No importa cuán mal sean tratados y cuánto desamor vivan en su hogar, no pueden hacer nada. No les queda más que aguantar lo que los adultos les demos
Por eso, el compromiso que adquirimos cuando nos convertimos en padres, es sagrado; se me antoja decir: “el más sagrado”. Si bien, todos los compromisos lo son (el de pareja, el de trabajo) en todos ellos estamos lidiando con adultos. Lo que hace tan delicado y especialmente sagrado el compromiso con nuestros hijos, es que SIEMPRE estaremos lidiando con personas menores que nosotros; con nuestros descendientes. Y mientras más pequeños sean estos, más vulnerables e indefensos. A un bebé, lo podemos dejar tirado en la calle, torcer el bracito, dar cianuro en el biberón; a un niño lo podemos maltratar cada minuto, golpear e insultar, y no pueden hacer nada al respecto. . Cuando se es un niño, uno no se va de la casa; uno está incapacitado para mantenerse y cuidarse a si mismo. Son totalmente vulnerables a la benevolencia o malevolencia de nosotros, sus padres que los traemos al mundo.
Ese compromiso sagrado que adquirimos con la vida al tener un hijo, implica la satisfacción de todas sus necesidades, hasta que llega el momento que por si mismo va siendo capaz de satisfacerlas. Una de esas necesidades, es la de ser amado; es también un derecho que por el sólo hecho de existir, a cada uno nos corresponde; y una faceta de ese amor, es “ser visto”.
Un niño de 1½ a 3½ años está inmerso en la fascinante tarea de conocer el mundo. Esto a veces implica sentir temor e incertidumbre ante lo desconocido, y siendo realistas, casi todo les es desconocido. Si observamos con atención a los niños de esta edad, notaremos cuánto buscan la ayuda y apoyo de los adultos para trepar, abrir, explorar, alcanzar algo. Piden con insistencia esa ayuda hasta que les ponemos atención y se las damos.
Es una etapa de la vida en la que les encanta nuestra compañía durante sus juegos y travesías por el maravilloso mundo que quieren explorar. No sólo les encanta nuestra compañía, sino que también la necesitan.
Mi adorado nieto está justamente en esta etapa (2.4 años). Donde quiera que estemos, llama a alguien de nosotros, su familia que tanto lo amamos, para que lo acompañemos: al segundo piso de la tienda, a trepar la barda que encontró o a conseguir cualquier cosa que desea. Mientras dice “¡ven, ven!”, toma de la mano al “elegido” y lo conduce al lugar de su interés.
En esta etapa, los niños requieren además la guía de los adultos para enseñarles cómo funcionan sus juguetes, hablarles sobre las cosas que les llaman la atención, jugar con ellos y también para ponerles límites.
Un niño de esta edad requiere que le cantemos, que le platiquemos mucho, que le mostremos el mundo, e igualmente importante, que le pongamos atención cuando nos habla, (como quiera que sea su lenguaje) y le demos nuestra ayuda cuando la solicita.
Los niños que piden, jalan, o de cualquier forma llaman la atención una y otra vez sin recibir respuesta, se sienten sumamente frustrados e ignorados. Yo me pongo en sus zapatos y puedo entender lo intensos que dichos sentimientos deben ser, al saberse completamente impotente de llevar a cabo algo que desea con tanta vehemencia, y depende de otro para conseguirlo; pero ese otro no responde.
Si bien es cierto que no todo lo que desean se les va a permitir o a dar, la simple atención a su petición para decirle que no, explicarle tal cosa o responder y reaccionar a su llamado, son formas de decirle que nos importa, que lo escuchamos y lo “vemos”. Cuando por el contrario, ante sus peticiones de ayuda (sea cual fuere la forma en que lo exprese), encuentra que se le ignora, no se le responde y ni siquiera se le voltea a ver, se sentirá sin duda ignorado e invisible.
Es por supuesto, totalmente normal, que hasta la madre o el padre más bien intencionado a veces ignore las llamadas de atención de su niño, porque se encuentra ocupado o simplemente no tiene ganas de responder a ellas. Pero recordemos que cuando determinada conducta se establece como un patrón (es decir, que la mayoría de las veces sucede así), es cuando causará importantes daños en el niño. Y en este caso específico, la sensación de ser invisible.