Temas para vivir mejor

El síndrome del “patito feo”


      ¿Recuerdas el cuento del patito feo?

 

      En una granja nació un patito que era diferente a todos los que habitaban ahí.

      Qué feo es!-  exclamó su mamá al verlo y la noticia corrió de boca en boca. 

      -Es horroroso, nos avergüenza a todos, no le dirigiremos la palabra.

      -¿Por qué no lo echamos de aquí?

  

      En efecto, el infeliz patito se vio siempre solo. Todos lo despreciaban; no tenía ni un solo amigo. Se burlaban de él, le picaban, le quitaban la comida...

 

       Y encima tenía que soportar insultos si intentaba protestar. Hasta que, finalmente, cansado de recibir tantos malos tratos, el patito feo decidió huir de aquel lugar donde nadie lo quería.

 

       Pasó el tiempo y llegó el invierno; todo el bosque se cubrió de nieve y el patito feo sentía mucho frío y mucha hambre.

 

       Un leñador que pasaba lo encontró sobre la nieve temblando de frío y lo llevó a su cabaña  donde tenía una gallina y un gato, los cuales, en cuanto vieron al patito feo comenzaron a molestarlo y darle los peores tratos. A pesar de que el patito hizo cuanto pudo para conseguir su amistad, el gato lo arañaba y la gallina lo picoteaba cruelmente. 

       Así pues, el patito feo tuvo que huir de ahí y caminó sin saber a donde ir hasta que encontró una cueva en el bosque donde pasó el resto del invierno, era mejor estar ahí solo sin nadie que lo estuviera despreciando.

 

       Pasó el invierno, llegó la primavera y el patito feo salió a tomar el sol, pero de repente se ocultó lleno de miedo al ver pasar a un grupo de hermosas criaturas que nadaban con una gran elegancia y  belleza. 

 

       -No quiero que me vean, pensó: son tan hermosos que seguro se reirán al verme. 

 

       Pero en ese momento el más majestuoso se acercó y le dijo:

      -Ven con nosotros, somos tu familia, tú eres un cisne también.

 

       Entonces el patito se contempló en el espejo del agua y se maravilló al verse; había crecido convirtiéndose en un hermoso cisne.  En ese momento comprendió que había nacido por error en el nido de una familia de patos en el cual el huevo del cual provino había rodado por accidente. 

 

       Entonces supo que no era feo como todos habían dicho, sino que el constante rechazo que sufrió se debió solamente a que era diferente.

 

       Se alejó muy felíz en compañía de sus hermanos, sus amigos que lo aceptaron y lo respetaron y al fin se sintió felíz. 

 

 

      Muchísimas familias tienen en casa un “patito feo”, ese hijo diferente que es percibido así no sólo por los padres sino por toda la constelación familiar formada por los hermanos, abuelos, tíos, primos; con frecuencia  también por los maestros, los amigos de los padres, la comunidad religiosa a la cual la familia pertenece y hasta la sociedad misma con todo el peso que ejerce sobre aquellos de sus miembros que son diferentes.

 

      El síndrome del patito feo se manifiesta de diversas formas, pero sea cual fuera, siempre lleva implícito el mismo mensaje para el hijo: “no me gustas”.

 

      Ser de piel, ojos y cabello oscuro en una familia que hipervalora el cabello, los ojos y la piel clara, ser mal alumno en una familia de gente inteligente y brillante, ser pobre en una familia de ricos, ser rico en una familia de pobres,  ser irresponsable en una familia de superresponsables, vestir “mal” en una familia que viste  “bien”, ser libre en el pensar y el actuar en una familia de rígidos, ser feo en una familia de bellos, o simplemente ser demasiado gordo, o demasiado flaco, ser chaparro, desgarbado, homosexual, hippie, rebelde o cualquier otra característica que salga drásticamente de los parámetros familiares, en pocas palabras, ser diferente, puede ser la razón para que los padres se sientan avergonzados de ese hijo que los pone en mal ante el resto de la familia y ante otras personas, que bien podrían pensar que ellos, los padres, no están funcionando adecuadamente como tales.

 

      Una madre me decía que realmente le preocupaba su hijo de 13 años al que presionaba constantemente de una manera que pocas veces he visto, corrigiendo absolutamente todo lo que hacía: cómo y qué comia, su forma de caminar, hablar, vestirse, moverse,  una y otra vez, durante cada día de los últimos 3 años. La madre justificaba su actitud diciendo: 

     -éste muchacho está tan flaco, camina tan jorobado, se viste tan mal, es tan desgarbado, que realmente  me preocupa que cuando crezca ninguna mujer lo quiera, por eso lo presiono  para que coma “bien”, camine “bien”, hable “bien” se vista “bien”. 

 

      ¿Sabes una cosa? Ese muchacho no necesitaba crecer para que las mujeres lo rechazaran, puesto que la primera mujer importante en la vida de un hombre, su madre, ya lo estaba rechazando, ya se estaba encargando de decirle cada día, “no me gustas; lo que eres está mal, lo que está bien es lo que no eres.”  Y vaya que si en algun momento de su vida un hombre puede ser flacucho y desgarbado es a los 13 años.  

 

            Las palabras son lo de  menos;  de hecho, rara vez escucharemos a un padre decir  palabras como esas así  de  directo, pero el  mensaje  llega  bien  claro  a   través  de  la constante desaprobación de los padres  hacia  el hijo.  

 

Recordemos que el lenguaje verbal (las palabras que decimos) ocupa sólo alrededor del 20% de la comunicación, y el lenguaje no verbal (tonos de voz, gestos, mirada, respiración, posturas y movimientos corporales, imágenes energéticas en nuestra aura) constituye alrededor del 80% de nuestra comunicación, de tal manera que no necesitamos hablar para dar un mensaje a un hijo, de hecho, decimos mucho más sin palabras que con ellas y aunque el hijo no registre conscientemente toda la información que le está dando el lenguaje no verbal del padre, inconscientemente sí la registra, la interpreta y reacciona a ella .

 

Por otra parte, es importante mencionar que el lenguaje no verbal surge directamente de nuestro inconsciente y no está bajo nuestro control, ni siquiera nos damos cuenta de él,  por lo tanto, el lenguaje no verbal siempre mostrará nuestra verdad más profunda. 

 

         La verdad con tu hijo “patito feo” es que muchas de las cosas que dices hacer “por su bien”, es en realidad “por tu bien”, porque te avergüenza ese hijo, porque te importa demasiado que la gente piense  que tú, su padre, no lo estás educando, formando cuidando, o alimentando adecuadamente, porque quieres tener hijos perfectos (según tu concepto de perfección) para sentirte orgulloso, valioso e importante.  

 

Vale la pena mencionar que el hijo “patito feo” sufre, siente el rechazo y puede llegar a  convencerse  de  que efectivamente  algo  está equivocado en él. A veces ese dolor lo lleva a volverse rebelde y resentido o a desarrollar algún síntoma, hasta que, como el patito  del cuento, encuentra quienes lo  aman, y aprecian lo que es, porque ven su valor y su belleza, porque tuvo la suerte de encontrarse con personas que son capaces de ver más allá. Por desgracia no todos los patitos feos tienen esa suerte.

 

                Es normal, es natural y es humano que algún hijo te guste o disguste más que el otro, que con alguno te sea más fácil o más difícil relacionarte, pero por Dios, reconócelo!, y como he comentado antes, reconocer no significa informarle al mundo, es un proceso personal, de tí contigo. Duele y avergüenza pero es la verdad, y también es verdad que cuando lo reconoces, lo encaras y trabajas con él, tu sentimiento de rechazo hacia tu hijo puede cambiar drásticamente,  

 

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