A donde quiera que vayamos, encontraremos a estos seres invisibles intentando volverse visibles ¡A LA FUERZA! Son aquellas personas que llaman la atención comportándose de maneras escandalosas y/o exhibicionistas, así como llevando en su cabello o en su cuerpo toda clase de ropas, accesorios o cosas inusuales y estrafalarias, “obligando” a los demás a verlos, inevitablemente. Con gran frecuencia reciben burlas, desprecio y rechazo, pero tal vez eso sea menos duro que el no ser vistos. “Véanme aunque me desprecien… otórguenme su atención, aunque sea para burlarse… concédanme una mirada, aunque sea humillante”… Pareciera que así implora el corazón de estos seres invisibles, que buscan ser notados a través de ser diferentes… ¡muy diferentes!
En estas personas por lo general, también hay una actitud de superioridad, convencidos de que por ser como son, hacer lo que hacen y vestir como visten, son “libres”, “diferentes” y de alguna manera, “superiores” y “mejores” que el resto de nosotros. La verdad detrás de estos comportamientos, es que hay un gran complejo de inferioridad que se trata de disfrazar con su opuesto: sentirse superiores, menospreciando a “los otros”.
Hablar a gritos y comportarse de manera histriónica, provocando que todos alrededor volteen a ver, es otra forma de llamar la atención, de hacerse presente, de decirle al mundo: “¡Aquí estoy!”
Como lo mencioné con anterioridad, la necesidad de ser vistos es tan grande, que nos aferraremos a cualquier cosa, comportamiento o apariencia que nos otorgue la atención que el niño interior herido sigue buscando, sin importar la edad que tengamos.
Yo conocí muy de cerca a una mujer que bien puede servirnos como ejemplo en este caso, Estuvo presente en mi vida durante 10 años hasta que se fue a vivir muy lejos y perdí contacto con ella. A lo largo de ese tiempo presencié infinidad de veces toda clase de actos de exhibicionismo que en ocasiones eran obvios e inconfundibles, pero a veces se presentaban tan sutiles y disfrazados que podrían haberse interpretado simplemente como una personalidad extrovertida y sin prejuicios.
Tenía como mascota a una hermosa perrita de una raza realmente rara, cuyo nombre no recuerdo; la tenía a su lado literalmente las 24 horas del día. La perrita tenía una apariencia tan especial, única y hermosa, que a donde quiera que fuera llamaba la atención. En todos lados la detenían para admirar al animalito y hacerle preguntas sobre ella. El tener esa mascota especial que atraía tanto la atención, también la hacía sentir especial y por ende atraerla hacia ella.
Después de varios años en su vida, la perrita murió, lo cual la metió en un profundo proceso de duelo por su pérdida. En cuanto se recuperó un poco, adoptó a otro perrito, pero este era tan normal y común, que no le daba la atención que la anterior le proporcionaba. Entonces, aunque no lo creas (yo tampoco lo podía creer) ¡decidió que lo pintaría de azul! De haberlo hecho, sin duda alguna hubiera sido la “estrella”, el centro de atención a donde quiera que fuera.
Pero quiso el destino (o quizá las diosas protectoras de los perros) que justo el día en que lo llevó al salón de belleza para que aplicaran el tinte en los tupidos pelos del perrito, ahí se encontrara una apasionada activista de la sociedad protectora de animales, quien al enterarse sobre lo que estaba a punto de hacer, se puso furiosa, y le advirtió que si le ponía ese tinte al perrito, ella la acusaría y la institución se lo quitaría porque esa era una forma de abuso que ponía en riesgo la salud del animalito. Ella, que ya se había encariñado con su nueva mascota, no pudo más que obedecer y conformarse con su perrito común y corriente. Pero no importaba, porque tenía otras formas de llamar la atención.
Por ejemplo, el extraño vehículo que poseía: una camioneta con zonas perfectamente renovadas y relucientes, y otras tan destartaladas que daba la impresión de que en cualquier momento se partiría en pedazos. Obviamente también el vehículo llamaba la atención. Cuando de plano se le acabó, compró un auto compacto, tan común y corriente que no lo pudo soportar. Mandó pegarle por todos lados unas enormes calcomanías con formas de soles sonrientes, de manera tal que al verlo pasar resultaba difícil distinguir que rayos era eso. Como es de suponer, su auto, y ella dentro de él, no pasaban desapercibidos… ¡era imposible no verlos!.
Así también, frecuentemente mandaba larguísimos correos electrónicos (no menores de 2 páginas) a todos sus amigos y familiares, sometiéndonos a la tortura de contarnos sus “jornadas interiores”, como ella les llamaba, en las cuales narraba que le pasó no se qué, hizo no se qué, aprendió no se qué y sintió quien sabe que. Yo dejé de leer sus correos que se sentían ofensivos; no por su contenido, sino por el hecho mismo. Un día le dije: ¿por qué supones que a la gente le importa todo eso? ¿Por qué supones que tenemos el tiempo para leer todo sobre tus “jornadas interiores”? Por supuesto se molestó por mi comentario. Un día me contó enojada, que una amiga le había dicho que era una “exhibicionista emocional” y más se enojó cuando le respondí que yo estaba de acuerdo con su amiga.
La cereza del pastel llegó cuando se le ocurrió escribir un libro sobre su vida, en el cual narraba toda clase de intimidades de ella y de otras personas cercanas. Mandó hacer 500 copias del mismo y lo envió a amigos, familiares, ex alumnos, ex compañeros y a todo el que se le ocurrió –incluida yo por supuesto-, que no tenía ninguna disposición de leerlo, pero me pidió por favor que lo hiciera y le diera mi retroalimentación. Le respondí: “si no te gusta te vas a enojar, ¿para qué me la pides?” Me contestó que estaría totalmente abierta a escuchar lo que le dijera, sea lo que fuere.
Después de leer su libro le di mi retroalimentación, y tal como me lo prometió, ¡la aguantó! Era un libro cargado de agresión pasiva a través de contar “inocentemente” intimidades de la vida de su ex esposo, sus hijos (ya adultos) y otras personas de su vida. A todos ellos, les cobró las facturas que sentía que le debían, a través de exponerlos y ridiculizarlos en su libro. Así también ventiló toda clase de intimidades de su vida sexual, y lo saturó de esas aburridas “jornadas interiores” que le encantaba contar.
Su libro levantó ámpula en muchas de las personas que lo leyeron. Sus hijos y otros familiares se sintieron traicionados y agredidos, sus amigos le dijeron que como era posible que hubiera escrito y mostrado todo eso y haberlo enviado a tantas personas que ni siquiera eran cercanas. En lo personal, al proporcionarle la retroalimentación que ella me había pedido, le hablé de su clara agresión pasiva, de su ya tan conocido exhibicionismo y de su falta de respeto al hablar en su libro de asuntos de la vida de segundas y terceras personas, a lo cual no tenía ningún derecho.
Ella recibió los comentarios de todos con una actitud de superioridad, afirmando que simplemente ella era muy libre y los demás éramos cuadrados y rígidos. ¿Libre? En realidad era la más esclava de las esclavas; necesitar tanto de la atención de los demás; hacer tantas cosas para obtenerla, no es libertad.
Con cada uno de sus comportamientos parecía suplicar: “¡Por favor hablen de mi!... ¡Por favor tómenme en cuenta!... ¡Por favor voltéenme a ver!”… Y siempre lo consiguió.