Con estos términos nos referimos a dos aspectos psicológicos que, aunque forman parte constante de la vida, pocas veces nos detenemos a revisar; con frecuencia ni siquiera estamos conscientes de que existen. Todos somos susceptibles a su influjo y la frecuencia e intensidad con la que nos instigan depende de diversos factores de la vida de cada individuo. Hacerlos conscientes es el primer gran paso para reducir considerablemente las posibilidades de que estas pulsiones inconscientes nos arruinen la vida.
En efecto, el autosabotaje y el autocastigo son mecanismos inconscientes cuya función es compensar y disminuir la sensación de culpa y de inadecuación y reafirmar la convicción de no merecer. Esto se gesta desde la más tierna infancia, como resultado de una serie de conductas por parte de los padres y de las personas significativas para la criatura, que más adelante explicaré. Cabe aclarar que, para que se fertilice la tierra que permita que los mecanismos de autosabotaje y autocastigo florezcan, es preciso que las acciones y actitudes que los nutren se presenten como un patrón, es decir, como un estilo constante de relación y trato hacia el niño. Si bien el autocastigo y el autosabotaje por lo general coexisten, hay diferencias importantes entre ellos que es necesario comprender. El combustible que los alimenta es el miedo. Al revisar las siguientes ideas lo comprenderás.
El autocastigo, como su nombre bien lo define, consiste en un acto inconsciente dirigido a causarse a sí mismo algún tipo de daño. Nos sorprendería cómo una infinidad de accidentes y lastimaduras hacia nuestra persona o hacia nuestra propiedad se deben al autocastigo. Veamos algunos ejemplos: darle un golpe “accidental” a nuestro auto nuevo, arruinar el viaje fracturándonos el pie o enfermándonos, cortarnos el dedo al rebanar el queso, golpearnos la pierna en todos los muebles junto a los que pasamos, olvidar un objeto muy preciado en un lugar público con su consecuente pérdida, etc., etc., y a veces, sucesos mucho peores.
La culpa -que sin duda todos hemos experimentado-, es un sentimiento abrumador. Y cuando los sentimientos son así, tratamos de deshacernos de ellos; así pues, cuando nos sentimos culpables por algo que dijimos, hicimos o dejamos de hacer, muy probablemente nos autocastigaremos con el propósito inconsciente de “lavar” esa culpa y librarnos de ella.
Cuando se trata de culpa, resarcir el acto, pedir perdón, enmendar y remediar nuestro error, traerá como resultado la disminución o incluso la disolución del sentimiento, ya que la culpa se produce por acciones incorrectas y errores cometidos.
La vergüenza, en cambio, tiene que ver con la identidad. Es una constante, profunda y lacerante sensación de inadecuación: “hay algo malo en mí, soy insuficiente, no merezco, no soy digno de ser amado”, pareciera clamar el corazón herido de quien lleva la brutal y dolorosa carga de la vergüenza existencial. Más severa o más leve, arruina la vida de quien la padece a través del autosabotaje, el cual, como lo mencioné con anterioridad, consiste en echar a perder, truncar, destruir, arruinar, romper, desairar, rechazar, invalidar, las cosas buenas que la vida nos brinda, en todas las áreas y en todas sus manifestaciones.
¿Por qué alguien haría semejante locura? En primer lugar, comprendamos que es una pulsión inconsciente, por lo tanto, no es voluntaria, planeada o intencional. Se dispara en automático con el fin de mantener y perpetuar la convicción de que se es inadecuado e inmerecedor, y por ello, indigno de esas cosas buenas. Hay que hacer un profundo trabajo de sanación a través de la psicoterapia, o de cualquier otro medio que la persona desee, con el fin de modificar esta arraigada convicción y curar la vergüenza existencial. Una de las maravillas de ser adulto, es que uno puede decidir por sí mismo, atender y sanar los asuntos de su infancia y de cualquier etapa de la vida. Ya no necesitamos que alguien se haga cargo de nosotros y “nos lleve” a terapia. Podemos hacerlo por nosotros mismos.
¿Cómo se origina la vergüenza existencial? Veamos las actitudes y conductas de los padres y personas significativas para la vida emocional del niño, que propician su creación.