La envidia
En el apartado “verdades sobre la pareja”, comenté algunos aspectos generales sobre la proyección y aclaré que trataría otras facetas de la misma en este espacio.
La razón por la cual insisto en la proyección, es mi convicción de que es una herramienta ¡impresionante!, extraordinariamente útil para crecer y conocernos a nosotros mismos.
Dice Carl G. Jung: “[…] el individuo tiene una inerradicable tendencia a deshacerse de todo lo que no conoce y lo que no quiere conocer acerca de si mismo, adjudicándoselo a alguien más. Nada tiene un efecto más divisivo ni más enajenante sobre la sociedad, que esta auto complacencia y falta de responsabilidad, y nada promueve tanto la comprensión y el acercamiento, como el que cada uno se haga cargo de sus proyecciones”.
Aun cuando ahora me enfocaré principalmente en el aspecto de la proyección que tiene que ver con la envidia, comentaré brevemente sus otras facetas, para presentar la idea completa:
El hecho de que un comportamiento o rasgo de personalidad que ves en otro te molesta, lo rechazas o se lo quieres cambiar, se debe a alguna de las siguientes razones:
1. También tú lo tienes, pero no lo has reconocido en ti mismo. El otro te muestra esa parte de ti mismo que no quieres ver.
2. Ese comportamiento o rasgo de personalidad “reactiva” las heridas de tu vida que no has sanado. Por ejemplo, si creciste en un hogar donde se herían unos a otros a través del sarcasmo, las bromas pesadas y la ridiculización, muy probablemente sentirás un especial rechazo por las personas que son sarcásticas.
Pero ojo con esto, porque es muy probable que tú hayas desarrollado también ese tipo de comportamiento y no te das cuenta. Y el que seas así, puede ser la poderosa razón por la cuál te molesta. Esto por cierto, me sucedió a mí. El sarcasmo realmente me desagrada y siempre supuse que se debía a algunos asuntos de mi historia personal. Yo creía que yo no era sarcástica; casi lo hubiera jurado. Pero increíblemente, hasta hace unos 4 años, descubrí que sí lo era… lo soy (ahora estoy consciente cuando lo estoy siendo y puedo hacer algo al respecto).
3. Te da envidia
Algunas veces, la razón por la que envidiamos -y por lo tanto rechazamos o criticamos- a alguien es muy clara: esa persona tiene algo que nosotros no (belleza, inteligencia, dinero, éxito, una buena relación de pareja, etc.) En estos casos es fácil entender el porqué de la envidia.
Sin embargo, a veces lo que le envidiamos a otro parece estar encubierto y enmascarado detrás de un rasgo de personalidad o comportamiento que catalogaríamos como “malo” e “indeseable”. Y en estos casos, no resulta tan claro para muchas personas identificar su envidia, aunque en verdad tengan la voluntad de hacerlo. La primera reacción ante esta idea es: “¡Claro que no tengo envidia! ¡Yo no quiero ser así!” Pero si vemos más profundo, entonces lo entendemos. Pondré un ejemplo:
Una cosa que a mi me molesta sobremanera (antes más que ahora), es la impuntualidad en general, pero sobre todo en el contexto de mi vida social, por ejemplo cuando tengo una cita con una amiga o amigo para comer.
Hace unos 7 años, me hice consciente de que lamentablemente la mayoría de las personas son impuntuales y de cómo estaba yo permitiendo que esta situación me afectara tanto cada vez que ¡una vez más! me encontraba en algún restaurante e s p e r a n d o… con mi pobre hígado retorciéndose de molestia. Entonces entendí que tenía que revisar en serio esta situación y tomar decisiones al respecto.
Me quedaba claro que realmente quiero a mis impuntuales amigos (y a los puntuales también), y que con todo mi ser deseo seguir caminando con ellos por la vida. De eso no tenía la menor duda. Entonces, revisé mis alternativas.
Una era poner ciertos límites en relación a cuánto tiempo estaba dispuesta a esperar. ¿10 minutos? ¿20? Decidí que 15, durante los cuales haría algo que me hiciera sentir a gusto con mi espera.
Le comuniqué a mis amigos los impuntuales que su impuntualidad realmente me estaba molestado y había tomado tales decisiones al respecto, sobre la base de que ellos estaban en todo su derecho a llegar tarde, pero yo también en el mío de decidir si quiero esperar o no.
Ellos entendieron y respetaron mi decisión y esto nos trajo cosas muy buenas a las dos partes, excepto en el caso de una amiga que de plano no tiene remedio. Es una impuntual crónica y por más que cada enero se propone volverse puntual, el gusto le dura menos que un suspiro.
Pero en este caso, también soy libre de ver mis alternativas y tomar decisiones. En base en la realidad, me dije a mi misma: “Ella es así (extremadamente impuntual), tal vez lo será toda la vida y está en todo su derecho de ser como quiera ser y yo en todo mi derecho de decidir qué hago al respecto… Así pues… ¿la tomo tal como es, o la dejo?” No tuve que pensarlo ni dos segundos. Mi decisión fue tomarla y aceptarla tal como es, porque aunque me desagrada tanto ese rasgo de su personalidad, el resto de ella es valiosísimo más allá de las palabras y realmente la quiero. Sin duda deseo ir por la vida con esa querida y valiosa persona como amiga.
Pero quizá la parte más importante en relación a mi trabajo con este asunto de mi molestia ante la impuntualidad, fue el haber descubierto mi proyección en este respecto. Yo me preguntaba: “¿por qué me molesta a tal punto?” La respuesta parece muy obvia. Cualquiera podría decir sin lugar a dudas que porque la impuntualidad es una falta de respeto; que es molesto estar esperando a alguien que no llega a la hora que se comprometió a llegar; que la impuntualidad puede ser una forma de agresión pasiva, etc. Pero esa es la parte superficial del asunto, y la que yo quiero mostrarte es la profunda: ¡por envidia!
No significa que le tengo envidia a los impuntuales porque quiero ser así. De hecho, la impuntualidad es un rasgo que no deseo para nada tener. Pero lo que envidio es lo que está detrás de la impuntualidad, no el comportamiento en si mismo.
Dicho de otra forma, una persona impuntual sabe de sobra hacer algo que yo no he sabido hacer en mi vida y que en los últimos años he trabajado para aprender: se sabe tomar la vida con calma.
Así es, por muchos años yo manejé una tremenda auto exigencia y sentido del deber, que llevado al asunto de la puntualidad se traducía en que, si por alguna circunstancia yo no iba con el tiempo suficiente a algún lugar, antes que llegar tarde ponía en riesgo mi propia vida manejando peligrosamente. Primero acudía a una cita o a trabajar muy enferma, que no acudir. A costa de lo que fuera, incluso de mi propia salud o seguridad, TENÍA que cumplir con “mi deber” muy bien y puntualmente. El sentido del deber, cuando se pasa los límites de lo sano, se vuelve enfermizo y afecta la vida.